domingo, 25 de septiembre de 2011

Salvemos el planeta

¡Rescatá algún valor en peligro de extinción!



Hola amigo:

Hoy te invito a profundizar en otro tipo de “ecología” para salvar nuestro planeta: la “ecología humana”.

     Recuperar valores fundamentales posibilitará que “salvemos” el mundo y desde nuestro “pequeño mundo cotidiano”.

     Se cuenta que allá para el año 250 a.C., en la China antigua, un príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero de acuerdo con la ley, él debía casarse. Sabiendo esto, él decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de su propuesta. Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes y lanzaría un desafío.

     Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe. Al llegar a la casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración. Sin poder creerlo le preguntó:

- ¿Hija mía, que vas a hacer allá? Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no hagas que el sufrimiento se vuelva locura.

Y la hija respondió:

- No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad de estar por lo menos por algunos momentos cerca del príncipe. Esto me hará feliz.

Por la noche la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más bellas ropas, con las más bellas joyas y con las más determinadas intenciones.

     Entonces, finalmente, el príncipe anunció el desafío:

- Daré a cada una de ustedes una semilla. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses será escogida como mi esposa y futura emperatriz de China.

La propuesta del príncipe seguía las tradiciones de aquel pueblo, que valoraba mucho la especialidad de cultivar algo, sean: costumbres, amistades, relaciones, etc.

     El tiempo pasó y la dulce joven, como no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, cuidaba con mucha paciencia y ternura de su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría que preocuparse con el resultado. Pasaron tres meses y nada brotó.

     La joven intentó todos los métodos que conocía pero nada había nacido.

     Día tras día veía más lejos su sueño, pero su amor era más profundo. Por fin, pasaron los seis meses y nada había brotado. Consciente de su esfuerzo y dedicación la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas sólo para estar cerca del príncipe por unos momentos.

     En la hora señalada estaba allí, con su maceta vacía. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra, de las más variadas formas y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

     Finalmente, llegó el momento esperado y el príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar por todas, una a una, anunció su resultado.

     Aquella bella joven con su maceta vacía sería su futura esposa. Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué él había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada.

     Entonces, con calma el príncipe explicó:

- Esta fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: la flor de la honestidad. Todas las semillas que entregué eran estériles.

En tiempos de “campañas” en los que lo importante parece ser el resultado, el logro, lo visible, la encuesta… cultivar el valor de la honestidad resulta meritorio, por ser un valor en peligro de extinción. Opinamos sobre todo, juzgamos a todos... la "viveza criolla" se ha convertido en algo habitual que va encubriendo la mentira, el engaño, la falta de honestidad para con nosotros mismos...

     La verdad, la sinceridad, la humildad... no son virtudes siempre visibles en los dibujitos animados para los chicos, ni en las publicidades para los adultos... hemos terminado por confundir el significado de la palabra éxito.

     Si hemos terminado el día siendo leales a nosotros mismos, sin traicionar nuestras creencias y nuestros sentimientos, sin dejar de ser quien somos para quedar bien u obtener resultados... ese ha sido un día de éxito...

     Está en tus manos que hoy sea un día exitoso o uno perdido... de vos depende. ¡Que tengas un Día muy feliz y exitoso!

     Hasta el próximo encuentro.

Jorge Trucco
E-mail: jftrucco@gmail.com




martes, 20 de septiembre de 2011

Sembrando para la primavera (*)

En nuestro camino del Bicentenario de la Patria (2010-2016) el 9 de Julio celebramos el Día de la Independencia Nacional. Es bueno evocar a los próceres de la Independencia, y también es muy bueno repasar toda la historia de la Patria, para no cometer los mismos errores.


     Hay frases o expresiones que a los argentinos de varias generaciones nos quedaron marcadas a fuego. ¿Se acuerdan de la famosa frase: “Hay que pasar el invierno”? Continuando con las reflexiones del Padre Mamerto Menapace hoy quiero compartir con ustedes una propuesta para “comprometer nuestras propias manos” y no sólo para “pasar” el invierno.

     “No tenemos en nuestras manos las soluciones para los problemas del mundo. Pero frente a los problemas del mundo, tenemos nuestras manos. Cuando el Dios de la historia venga, nos mirará las manos.


     El hombre de la tierra no tiene el poder de suscitar la primavera. Pero tiene la oportunidad de comprometer sus manos con la primavera. Y así que la primavera lo encuentra sembrando. Pero no sembrando la primavera; sino sembrando la tierra para la primavera. Porque cada semilla, cada vida que en el tiempo de invierno se entrega a la tierra, es un regalo que se hace a la primavera. Es un comprometer las manos con la historia.


     Sólo el hombre en quien el invierno no ha asesinado la esperanza, es un hombre con capacidad de sembrar. El contacto con la tierra engendra en el hombre la esperanza. Porque la tierra es fundamentalmente el ser que espera. Es profundamente intuitiva en su espera de la primavera, porque en ella anida la experiencia de los ciclos de la historia que ha ido haciendo avanzar la vida en sucesivas primaveras parciales.


     El sembrador sabe que ese puñado de trigo ha avanzado hasta sus manos de primavera en primavera, de generación en generación, superando los yuyales, dejándolos atrás. Una cadena ininterrumpida de manos comprometidas ha hecho llegar hasta sus manos comprometidas, esa vida que ha de ser pan.


     En este momento de salida del invierno latinoamericano es fundamental el compromiso de siembra. Lo que ahora se siembra, se hunde, se entrega, eso será lo que verdeará en la primavera que viene. Si comprometemos nuestras manos con el odio, el miedo, la violencia vengadora, el incendio de los pajonales, el pueblo nuevo sólo tendrá cenizas para alimentarse. Será una primavera de tierras arrasadas donde sólo sobrevivirán los yuyos más fuertes o las semillas invasoras de `afueras´.


     Tenemos que comprometer nuestras manos en la siembra. Que la madrugada nos encuentre sembrando. Crear pequeños tablones sembrados con cariño, con verdad, con desinterés, jugándonos limpiamente por la luz en la penumbra del amanecer. Trabajo simple que nadie verá y que no será noticia. Porque la única noticia auténtica de la siembra la da sólo la tierra y su historia, y se llama cosecha. En las mesas se llama pan.


     Si en cada tablón de nuestro pueblo cuatro hombres o mujeres se comprometen en esa siembra humilde, para cuando amanezca tendremos pan para todos. Porque nuestra tierra es fértil. Tendremos pan y pan para regalar a todos los hombres del mundo que quieran habitar en nuestro suelo.


     Si amamos nuestra tierra, que la mañana nos pille sembrando”.

     “El que cultiva la tierra se saciará de pan, pero el que persigue sombras es un imbécil” (Proverbios 12,11)

     Sin lugar a dudas. ¡Hay que pasar el invierno!, pero no con los brazos cruzados. ¿No les parece?

     Hasta el próximo encuentro.


Jorge Trucco
E-mail: jftrucco@gmail.com


(*) Artículo publicado en Faro Familiar en julio de 2011.



sábado, 17 de septiembre de 2011

Seguir el instinto de los camellos sedientos (*)

Al comenzar el mes de julio, te propongo reflexionar sobre nuestra vida en comunidad. Desde cada una de nuestras familias, pasando por las organizaciones comunitarias: centros vecinales, clubes, iglesias, cooperadoras, etc., hasta la organización del Estado (municipal, provincial y nacional), en todas las instancias de vida comunitaria algunos tienen la responsabilidad de la conducción.


     En este mes nos preparamos para elegir democráticamente a quienes conducirán los destinos de muchas de nuestras localidades y de la provincia. Tanto cuando nos toca conducir como cuando tenemos que elegir a quienes nos conducirán, siempre debemos estar atentos y poner todos nuestros esfuerzos para que la comunidad “no se disgregue”.

     Al comenzar el mes de julio, tiempo de discernimiento comunitario, te comparto esta historia del Padre Mamerto Menapace (1) que se titula: El Pozo y los Camellos.

“En las ciudades de los hombres hay fuentes que largan su chorro día y noche. Su misión no es la de abrevar a los hombres de la ciudad. Más bien cumplen con la función de alegrar la vista con su juego de agua en movimiento, y los oídos con su despreocupado murmullo en medio del bullicio. Fuentes que son visitadas por los turistas, hombres que llegan hasta ellas sin sed y con una máquina para fotografiar colgada al cuello.


     Abundancia de aguas inútiles, derrochadas frente a hombres sin sed. Armonía de movimientos y colores para entretener a hombres que necesitan gastar su tiempo, porque se han detenido en la vida al quedarse sin metas. Fuentes conocidas por todo el mundo.


     En la Plaza de San Pedro, compré una vez por noventa liras, diez tarjetas postales con diez fuentes distintas que había visitado en una sola mañana en que no sabía qué hacer. En ninguna de ellas sentía necesidad de beber.


     Pero en el país de los nómades, las cosas son diferentes. En la tierra de hombres en movimiento, con metas difíciles y lejanas, no hay fuentes, sino solamente pozos. Pozos del desierto, distantes y ocultos bajo la monotonía de los arenales. Abrevadas en un pozo, hay caravanas que a veces tienen que caminar con urgencia largo tiempo antes de encontrar el más próximo. Y a veces su presencia es tan irreconocible que no les queda más remedio que fiarse del instinto afiebrado de sus camellos sedientos, que buscan rumbos olfateando el viento.


     Pero los camelleros saben también que cuando la sed se agranda, comienzan los espejismos. En los cerebros recalentados despiertan entonces las tarjetas postales de fuentes exuberantes y tentadoras que llevan a las dunas donde sólo está la muerte.


     ¡Pobre el turista que se adentre en el desierto con su cerebro equipado con postales de fuentes! Probablemente morirá de sed autoengañado, a poco trecho del pozo que podría haberle devuelto a la vida pero que le permaneció oculto, simplemente porque su presencia no se manifestaba con los mismos signos que las fuentes para turistas con las que había equipado su imaginación.


     En ese momento los conductores de camellos deben aferrarse a dos convicciones: que los camellos con más sed son los mejor equipados para encontrar el pozo, y que la misión de los conductores es hacer lo imposible por mantener unida la caravana sin permitir la desbandada de los camellos sedientos, ni el rezagarse de los camellos satisfechos. De lo contrario los camellos sedientos a lo mejor encontrarán el pozo, pero una vez abrevados se habrán quedado sin caravana, y por ello sin meta, encadenados a morir junto a ese pozo agotado bien pronto. Y los otros, la caravana sin sedientos, habrán perdido con ellos la única posibilidad de dar con el pozo que les habría permitido continuar su marcha hacia la meta”.

     La eliminación de los inquietos es el suicidio de las comunidades.

     Aunque en el mes de julio algunos tengan la posibilidad de tomarse unos días de vacaciones o participar, aunque sea por tv, de algún partido de la Copa América, ¡que esto no sea un espejismo que nos haga confundir las fuentes para turistas con los pozos de agua para abrevar la sed del pueblo en el desierto!

     Hasta el próximo encuentro.

(1) Publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande.

Jorge Trucco
E-mail: jftrucco@gmail.com



(*) Artículo publicado en Faro Familiar en julio de 2011.


Sin tazón de madera (*)

El viejo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años. Ya las manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban. La familia completa comía junta, pero las manos temblorosas y la vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. La sopa caía de su cuchara al suelo y cuando intentaba tomar la taza, derramaba la leche sobre el mantel. El hijo y su esposa se cansaron de la situación...

"Tenemos que hacer algo con el abuelo", dijo el hijo. "Ya he tenido suficiente. Derrama la leche, hace ruido al comer y tira la comida al suelo".

     Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos, su comida se la servían en un tazón de madera. De vez en vez miraban hacia donde estaba el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida. El niño de cuatro años observaba todo en silencio.

     Una tarde antes de la cena, el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo. Le preguntó dulcemente:

-"¿Qué estás haciendo?"

Con la misma dulzura el niño le contestó:

-"Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que cuando yo crezca, ustedes coman en ellos". Sonrió y siguió con su tarea.

     Las palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.

     Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días se sentó a la mesa con ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa, parecían molestarse más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

     Los niños son altamente perceptivos. Sus ojos observan, sus oídos siempre escuchan y sus mentes procesan los mensajes que absorben. Si ven que con paciencia construimos un hogar feliz para todos los miembros de la familia, ellos imitarán esa actitud por el resto de sus vidas. Seamos instructores sabios. Independientemente de la relación que tengas con tus padres, los vas a extrañar cuando ya no estén contigo”.

Moraleja:la gente olvidará lo que dijiste y lo que hiciste, pero nunca cómo los hiciste sentir”.

     Les deseo un muy feliz día a todos los papás, a los abuelos (papás por partida doble) y a los jóvenes “futuros papás”. ¡Que pasen un muy feliz domingo en familia y que el Buen Dios los bendiga!

     Hasta el próximo encuentro.



Jorge Trucco
E-mail: jftrucco@gmail.com



(*) Artículo publicado en Faro Familiar en junio de 2011 con motivo del Día del Padre.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Algo muy grave sucederá en este pueblo! (*)

Dicen que este cuento fue narrado en forma oral por Gabriel García Márquez, y luego publicado por la revista mexicana El cuento.


"Imagínate un pueblo muy pequeño donde una señora está sirviéndoles el desayuno a sus hijos con una expresión de preocupación en su rostro. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:


- No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.


El hijo varón se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, su amigo le dice:


- Te apuesto veinte pesos a que no la hacés. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga sus veinte pesos y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Él contesta:
- Es cierto, pero me he quedado preocupado por lo que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a sucederle a este pueblo.


Todos se ríen de él. El amigo regresa a casa, feliz con su dinero, y le dice a su madre:


- Le gané una apuesta a Juan de la manera más sencilla, porque es un tonto.
- ¿Y por qué decís que es un tonto?
- Porque no pudo hacer una carambola sencillísima preocupado porque su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
-No te burles de los presentimientos de los mayores porque a veces se hacen realidad...


Una pariente oye esto y va a comprar carne. Le pide al carnicero:


- Deme un kilo de carne, y en el momento que la está cortando, le dice: - Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado.


El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar le dice:


- Mejor lleve dos kilos porque la gente dice que algo muy grave va a pasar, y se están preparando.


Entonces la señora responde:


- Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos... Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne y se va esparciendo el rumor.


Llega un momento en que toda la gente en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:


- ¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo?
- ¡Pero si en este pueblo siempre hizo calor!
- Sin embargo -dice otro-, a esta hora nunca hizo tanto calor.
- Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.
- Sí, pero no tanto calor como ahora.


A la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz:


-Hay un pajarito en la plaza. Y viene todo el mundo.
– Pero señores, siempre hay pajaritos que bajan.
- Sí, pero nunca a esta hora. Es tal la tensión de los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
– Yo que soy muy macho -grita uno- me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que los demás dicen:
- Si éste se atreve, entonces nosotros también nos vamos. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo.


Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:


- No vaya a ser que caiga una desgracia sobre lo que queda de nuestra casa-, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.


Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presentimiento y le dice a su hijo:


- ¿Vio m’hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?"

De un granito de arena en contados minutos nos encontramos con un médano. Sucede en la familia, en el trabajo, en los países y hasta a nivel mundial con la “globalización”. ¡Qué importante es aprender a no dejar que las malas noticias nos invadan! ¡Qué importante es aprender a no actuar en masa, a no dejarnos llevar por las ideas de otros si no estamos de acuerdo con ellas!

     “No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien”. (Rm 12,21)

     Hasta el próximo encuentro.

     Jorge Trucco



(*) Artículo publicado en Faro Familiar en junio de 2011.



miércoles, 7 de septiembre de 2011

Sentime un poco! (*)

Cuando mi tío Silvio quería expresar su necesidad de ser escuchado, nos agarraba del brazo y con voz fuerte nos decía: “¡Sentime un poco!”. Tal vez en tu familia también tengan algún padre, abuelo, hijo o tío que con esta u otra expresión similar manifiesta su deseo de expresarse. También los pobres, excluidos, olvidados y silenciados demandan nuestra actitud de escucha. Hoy te propongo que reflexionemos sobre la necesidad que todos tenemos de ser escuchados. [1]


     Cuando uno habla, lo menos que exige es silencio. Si además ese silencio es cariñoso y acogedor, mucho mejor. Y para que haya silencio, tenemos que quitar los “ruidos”. No se trata de un silencio neurótico impuesto a los gritos y con un golpe de puño sobre la mesa. Fundamentalmente tenemos que quitar los “ruidos del corazón” que nos impiden crecer en un diálogo sincero. Quitar los ruidos del creernos más… de nuestras manías donde muchas veces queremos que el resto del mundo gire en torno a nosotros.

     Les achacamos a los más jóvenes el ruido de los aparatos de música, y a veces nuestro corazón se convierte también en un gran parlante, que aunque no lo saquemos a la vereda, lo dejamos adentro y nos  aturdimos.

     El silencio para la escucha es muy distinto de la mudez. La mudez es la caricatura del silencio. Es sumamente agresiva: cuando uno se hace el mudo y cuando es silenciado. El marido se enoja con la “jefa” y entonces se sienta a la mesa… come mirando al infinito (de todos modos, come ¿…?; porque una cosa es mudez y otra quedarse sin comer; será maniático pero no estúpido…). Y nosotros también podemos pretender hacernos sentir con la mudez. La mudez anda a los gritos: la madre con el hijo, el esposo con la esposa… y en algunos momentos en casa tenemos verdaderas islas. Nos une la milanesa y el hambre. Nos pasa también a los curas: “anda perdidísimo, pero para el mediodía y a la noche vas a ver cómo sabe para dónde encarar”. ¡Muchas veces nos terminan reuniendo cosas tan triviales! Éste, no es el silencio de la escucha.

     Creo que la gran carencia de este tiempo no es de palabras, al contrario, tenemos “inflación” de palabras. Lo que está faltando es oído, alguien que escuche. No habría tantos problemas de pareja o de padre e hijo, ni tantos problemas sociales e institucionales si en casa nos supiéramos escuchar, y si en la sociedad aprendiéramos a escuchar a los “sin voz” (la voz la tienen, pero casi nadie los escucha… así nos va…).

     Nuestras mudeces y sorderas son a veces de oídos, pero otras de corazón: no ofrecemos el ámbito para que la palabra de los demás ni siquiera se haga presente. Hay corazones a los que uno ni pierde el tiempo en acercarse, porque sabe que va a rebotar. A veces asusta cuando la gente nos dice: “Padre, no lo quiero molestar porque siempre está ocupado”… mmmm … ¡Qué imagen estamos dando, aunque de verdad trabajemos mucho! (de paso te sugiero, quizá puedas resumir un poquito, no se necesitan  diez horas; diez minutos usando bien las palabras pueden hacer bajar la cabeza a cualquier cura).

     Nuestras palabras van a ser elocuentes cuando nazcan del silencio. Cuando el corazón no tiene silencio, desborda de palabras. ¡Cuántas veces la mamá repitió mil veces lo mismo, y ya no se escucha!.

     Jesús es la Palabra de Dios. Para escucharnos y escuchar a la Palabra, pidamos al Señor la gracia del silencio que escucha y de la palabra elocuente, para nuestra familia y para nuestra sociedad.

     Hasta el próximo encuentro.

     Jorge Trucco

[1] Cfr. P. Ángel Rossi sj, El Adviento (I), en Didascalia, Noviembre de 2010.


(*) Artículo publicado en Faro Familiar en mayo de 2011.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Informarnos... para qué? (*)

Gracias a la intercomunicación facilitada por la web, tratamos de informarnos porque hemos aprendido que ”quien tiene más y mejor información tiene más probabilidades de sobrevivir". Por eso te propongo que pensemos juntos qué tipo de información buscamos, con qué alimentamos nuestra vida.


     Sin duda, para vivir bien, para ser felices, y no sólo para “sobrevivir”, lo importante es adquirir la “sabiduría de la vida” que no se consigue sólo ni necesariamente con mucha cantidad de información. Informarnos para saber vivir, para poder vivir felices, ésa es la clave de nuestras búsquedas.

     En las últimas semanas de 2010 aparecieron muchas informaciones. Informaciones secretas que salieron a la luz. En cada lugar del mundo los periodistas se desvivieron por conseguir los cables diplomáticos secretos que hacen referencia a su país, a su gobierno, etc.  251.287 mensajes para analizar, y todavía ahora siguen apareciendo nuevos cables...

     Y como gracias a los medios de comunicación nuestro mundo se transformó en una “aldea global”, junto a tantas posibilidades para crecer en comunión y participación, también hemos “trasladado” a la aldea global las mezquindades del corazón humano. “Pueblo chico, infierno grande” decimos en el refrán, y ahora el mundo entero es nuestro “pueblo chico”.

     Exceso de información, mala calidad de la información… nos llevan a andar espiándonos para chusmear en vez de conocernos para compartir. Es muy importante pensar con qué informaciones alimentamos nuestra vida, y para qué.

     Para motivar el diálogo, te comparto esta historia de la sabiduría popular:

"Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. En silencio el barquero comenzó a remar con agilidad. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:

-- Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
-- No, señor -repuso el barquero.
-- Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:

-- Dime, barquero, ¿has estudiado botánica?
-- No, señor, no sé nada de plantas.
-- Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -comentó pedantemente el joven.

El barquero seguía remando con paciencia. El sol del mediodía se reflejaba sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:

-- Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes algo de la naturaleza del agua?
-- No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras.
-- ¡Oh, amigo! -exclamó el joven-. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente, la barca comenzó a llenarse de agua. No había forma de sacarla y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:

-- Señor, ¿sabes nadar?
-- No -repuso el joven.
-- Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida".

Para vivir bien, para vivir feliz, no hace falta tener mucha información, sino buena información. Sería bueno preguntarnos, ¿dónde y cómo buscamos la sabiduría de la vida que nos hace verdaderamente felices?

     Hasta el próximo encuentro.

     Jorge Trucco



(*) Artículo publicado en Faro Familiar en mayo de 2011.



Para qué trabajás? (*)

¡Hola, amigo!

En 1889 se instituyó el "Día Internacional del Trabajador" para perpetuar la memoria de la brutal represión ocurrida en Chicago tres años antes contra los trabajadores que reclamaban por una jornada laboral de ocho horas. Recién en 1954 el Papa Pío XII asumió esta jornada al declarar el 1º de mayo como festividad de San José obrero, aunque en Argentina, el Día del Trabajador se conmemora desde fines del siglo XIX.

     Casi siempre, al reflexionar sobre “nuestros trabajos” ponemos el acento en el esfuerzo y el cansancio, sintetizados en el mandato: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3,19).

     No tenemos que olvidar que en la comprensión bíblica el trabajo es ante todo y en primer lugar una participación en la obra creadora de Dios: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Gn 2,15).

     El valor del trabajo reside en el trabajador y no en el trabajo en sí; y por eso el ser humano no puede ser un esclavo del trabajo. Considerado a nivel personal, el ser humano debe trabajar para vivir y no vivir para trabajar, ya que en este caso se haría a sí mismo esclavo del trabajo.

     Considerado desde la construcción social, un trabajo indebidamente remunerado es la expresión moderna de la antigua esclavitud. El Papa Juan Pablo II, que el 1º de mayo será proclamado Beato, nos enseñó: “La justicia de un sistema socioeconómico y, en todo caso, su justo funcionamiento merecen en definitiva ser valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema” (Laborem Exercens 3).

     Los que viven de changas, los que trabajan “en negro”, los que trabajan en servicios esenciales para la comunidad, los que trabajan sin remuneración económica, como las amas de casa y muchos más, mañana también tendrán que trabajar. Otros podrán descansar.

     Para que todos celebremos el Día del Trabajador de una manera que nos dignifique como personas y como sociedad, comparto esta historia que nos puede ayudar para ahondar en un cuestionamiento que la vida y las circunstancias no dejan de plantearnos: ¿para qué trabajás?

     Un día quise ver a mis tres amigos, que trabajaban en una obra de construcción cerca de mi casa. Hacía mucho tiempo que no los veía, así que no sabía qué era de sus vidas. Casi a la entrada, en una postura de comodidad, me encuentro al primero.

-«¡Qué alegría verte!», le dije, mientras le daba un fuerte abrazo. «¿Cómo van las cosas?»
-«Aquí ando, trabajando como un burro, ya me ves. No veo la hora de terminar para irme a casa».

Doy tan sólo unos pasos y allí, en un andamio, a escasos metros del suelo, encuentro al otro viejo amigo.

-«¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te va?»
-«Ya ves. Las vueltas que da la vida. Hay que hacer algo, ¿no? Hay que ganar el pan para los hijos. Es ley de vida».

Levanto la vista y allá arriba, en una postura de difícil equilibrio, veo a mi otro amigo. Sintió una enorme alegría al verme y, con una gran sonrisa y una voz potente, me preguntó cómo me iba, y cuándo podríamos vernos con más tiempo. Y para terminar, me dijo:

-«Aquí estoy haciendo un escuela bonita, bonita, bonita... ¡ya verás qué linda escuela!».

“Que cada cual se fije bien de qué manera construye” (1 Co 3,10).

     ¡FELIZ DÍA DEL TRABAJADOR!

     Hasta el próximo encuentro.

     Jorge Trucco


(*) Artículo publicado en Faro Familiar en abril de 2011.